Conocia la rutina, casi de memoria.
La pasaba a buscar siempre a la misma hora, ella se quedaba esperando detras de la ventana, hasta que su silueta, tan agraciada, aparceia como por arte de magia.
La llevaba de paseo siempre a la mimsa plaza, la misma que las veia jugar cada tarde, como dos viejas amigas.
Hablaban de todo un poco, se reian, se abrazaban y siempre que llegaba la hora de irse, el dolorcito en le pecho se le hacia cada vez mas agudo.
Caminaban las cuadras que separaban la plaza de la casa, casi sin hablar, la magia, una vez mas habia terminado.
Pero, ese dia, a pesra de que no lo habia dicho, sabia que seria la ultima vez que la veria, la ultima vez que sentiria su perfume, el mismo que la reconfortaba en las noches de tormenta, cuando era solo los ruidos de los truenos, los que habitaban en su cama.
Queria que viniera a salvarla de ese miedo, pero siempre que se abria la puerta, no era ella la que la socorria.
Hubiese querido que se quedara, que no tenga que marcahrse nuevamente, que fuera ella quien la espere a la salida del colegio, cuando las mamas se agolpaban en la puerta, cuando era su cara la que esperaba a diario.
Sabia que pasaria mucho tiepo hasta que volviera a verla, lo sentia, por mas que las plabras, ese dia, sobraron.
Cuando se agacho para saludarla, fue ella, a pesar de su corta edad, la que la miro a los ojos, y en voz bajita, casi imperceptible le dijo al oido:
-yo te espero, estoy aca...
No dijo nada, ni siquiera volteo para verla, sabian que pasarian muchos años hasta el proximo encuentro.
Queria retenerla un rato mas, para guardar en su mente su perfume, su sonrisa, su mirada...
Cuando volvieron a verse, las cosas eran diferentes, la habia despedido una niña, yo hoy la esperaba una mujer.